Educación
Hace no mucho, tampoco tan poco,
un defensor de los gobiernos federales de derecha en los periodos 2000 a 2006 y
2006 a 2012 hacía crítica de las nuevas medidas tomadas en educación para
atender a las comunidades más lejanas, como escuelas indígenas multigrado.
Hacía gran énfasis en que durante el sexenio de Fox tecnologizó México y
Calderón lo digitalizó.
“¡Claro que sí!” me dije. Si yo
mismo vi, cuando cursaba la primaria, cómo instalaban un pizarrón inteligente
que supuestamente nos llevaría a todos hacia el futuro del aprendizaje y
conocimiento. Tecnología de punta que haría las clases más dinámicas, mejor
organizadas, más sencillas para los docentes y más interesantes para nosotros,
los estudiantes. Nunca se usó ni en la escuela primaria y en la secundaria
tampoco. En los dos años anteriores visité al menos cuatro comunidades
indígenas donde esos pizarrones eran un adorno más en las paredes felizmente
decoradas por rotafolios pintados por los niños en su idioma materno.
Evidentemente los pliegos de papel resultaron ganadores contra la tecnología
que necesita de electricidad que a veces no llega o es intermitente, acceso
internet que es escaso en el mejor de los casos y capacitación que nunca se dio
con oportunidad a todos estos sitios.
El papel bond ganó la batalla a
aquel programa denominado Enciclomedia que varias investigaciones periodísticas
han calificado como un fracaso de más de 23mil millones de pesos, y como una
operación transexenal fraudulenta con un costo mayor a 200 millones de pesos.
Pero eso, en las aulas. ¿Qué pasa en los hogares de nuestros estudiantes?
A las condiciones ya mencionadas
con anterioridad —trabajo precario de los jefes y jefas de familia, poco acceso
a sistemas de salud, necesidad de habitar mediante préstamo o renta—, se suma
el conjunto de factores que influyen en la educación de niños y niñas,
adolescentes y jóvenes.
A marcha forzada, de una semana a
otra, directivos, docentes y estudiantes tuvieron un par de días para
organizarse previo al inicio formal de la Jornada de Sana Distancia el 20 de
marzo, con la falsa esperanza de volver el 20 de abril a las aulas.
En algunos casos, resultó más o
menos sencillo, para quienes pagan una colegiatura en instituciones privadas no
es difícil tener acceso a internet en casa y poder trabajar en línea o subir
evidencias sin mayor inconveniente. Pero en otros, navegar en una tormenta de
cambios organizativos se ha vuelto tortuoso. Me atrevo a asegurar que muchos
jóvenes perderán verdaderamente el ciclo escolar porque el acceso a internet
para ellos resulta un reto.
Sin necesidad de acudir a casos
bien documentados de niños pertenecientes a pueblos rurales e indígenas, sé de
estudiantes que viven en esta Ciudad de México que no han podido trabajar a
distancia conforme al gusto del docente, que a su vez pide evidencias exigidas
por las autoridades educativas. Esto sucede no por flojera de los estudiantes,
sino porque debido a las configuraciones familiares y condiciones económicas de
sus hogares han tenido que buscar empleo en plena cuarentena para sobrevivir y
apoyar a quienes viven con ellos arriesgando no sólo sus estudios, sino su
vida. Otros, me han escrito los padres, esperan la beca para poder pagar el
internet y enviar las tareas. Me temo que muchos no vuelvan a la escuela
temporal o permanentemente acentuando así uno de los grandes problemas del
Sistema Educativo Nacional: el abandono escolar.
En México, la escolaridad media
de sus habitantes ronda los 9 años, es decir, que el mexicano promedio cursó
hasta la educación secundaria y no más. Ante la imposibilidad de acudir a la
escuela, profesores, padres y estudiantes se ven frustrados, desde el grado
primerizo hasta el último obligatorio, porque en casa no encuentran respuestas
a las dudas emergentes durante el trabajo: el docente no está ahí, el internet
a veces es inaccesible, y los padres de familia se ven rebasados por
conocimientos que no dominan o de los cuales ni siquiera habían escuchado.
La corta visión echará culpa de
no haber capacitado a los docentes en el año que lleva el actual régimen, para
dar atención digital a nuestros niños. “Qué vergüenza que en México no podemos
tener clases como en otros países, todo es culpa de los maestros ignorantes de
las nuevas tecnologías y del gobierno que no los capacita”. Lo que omiten es
que los padres y madres, primeros educadores, no fueron pupilos durante esta
administración y que su poca preparación en temas elementales como comprensión
lectora y resolución de problemas matemáticos no puede atribuirse a las
nacientes políticas en materia educativa.
No es correcto negar las
flaquezas de la autoridad educativa actual, pero tampoco olvidar que la
educación se construye con bastante tiempo de trabajo, no de la noche a la
mañana. Los resultados de la última prueba PISA no sólo no muestran un avance
mínimo en el dominio de los niños y jóvenes mexicanos en competencias lectoras
y matemáticas básicas, sino un retroceso. Pero las niñas, niños y jóvenes que
fueron evaluados en 2018 cursaron han transitado por la escuela uno, dos, tres,
hasta doce años atrás, lo que significa que las políticas implementadas desde
entonces no sólo no han resuelto nada, sino que posiblemente lo han empeorado.