miércoles, 24 de junio de 2020

El SARS-COV2 como arqueólogo de las instituciones mexicanas V. Educación


Educación
Hace no mucho, tampoco tan poco, un defensor de los gobiernos federales de derecha en los periodos 2000 a 2006 y 2006 a 2012 hacía crítica de las nuevas medidas tomadas en educación para atender a las comunidades más lejanas, como escuelas indígenas multigrado. Hacía gran énfasis en que durante el sexenio de Fox tecnologizó México y Calderón lo digitalizó.

Escuela Rural Mexicana, algunos datos… | antropologia indígena“¡Claro que sí!” me dije. Si yo mismo vi, cuando cursaba la primaria, cómo instalaban un pizarrón inteligente que supuestamente nos llevaría a todos hacia el futuro del aprendizaje y conocimiento. Tecnología de punta que haría las clases más dinámicas, mejor organizadas, más sencillas para los docentes y más interesantes para nosotros, los estudiantes. Nunca se usó ni en la escuela primaria y en la secundaria tampoco. En los dos años anteriores visité al menos cuatro comunidades indígenas donde esos pizarrones eran un adorno más en las paredes felizmente decoradas por rotafolios pintados por los niños en su idioma materno. Evidentemente los pliegos de papel resultaron ganadores contra la tecnología que necesita de electricidad que a veces no llega o es intermitente, acceso internet que es escaso en el mejor de los casos y capacitación que nunca se dio con oportunidad a todos estos sitios.

El papel bond ganó la batalla a aquel programa denominado Enciclomedia que varias investigaciones periodísticas han calificado como un fracaso de más de 23mil millones de pesos, y como una operación transexenal fraudulenta con un costo mayor a 200 millones de pesos. Pero eso, en las aulas. ¿Qué pasa en los hogares de nuestros estudiantes?

A las condiciones ya mencionadas con anterioridad —trabajo precario de los jefes y jefas de familia, poco acceso a sistemas de salud, necesidad de habitar mediante préstamo o renta—, se suma el conjunto de factores que influyen en la educación de niños y niñas, adolescentes y jóvenes.

A marcha forzada, de una semana a otra, directivos, docentes y estudiantes tuvieron un par de días para organizarse previo al inicio formal de la Jornada de Sana Distancia el 20 de marzo, con la falsa esperanza de volver el 20 de abril a las aulas.

En algunos casos, resultó más o menos sencillo, para quienes pagan una colegiatura en instituciones privadas no es difícil tener acceso a internet en casa y poder trabajar en línea o subir evidencias sin mayor inconveniente. Pero en otros, navegar en una tormenta de cambios organizativos se ha vuelto tortuoso. Me atrevo a asegurar que muchos jóvenes perderán verdaderamente el ciclo escolar porque el acceso a internet para ellos resulta un reto.

Sin necesidad de acudir a casos bien documentados de niños pertenecientes a pueblos rurales e indígenas, sé de estudiantes que viven en esta Ciudad de México que no han podido trabajar a distancia conforme al gusto del docente, que a su vez pide evidencias exigidas por las autoridades educativas. Esto sucede no por flojera de los estudiantes, sino porque debido a las configuraciones familiares y condiciones económicas de sus hogares han tenido que buscar empleo en plena cuarentena para sobrevivir y apoyar a quienes viven con ellos arriesgando no sólo sus estudios, sino su vida. Otros, me han escrito los padres, esperan la beca para poder pagar el internet y enviar las tareas. Me temo que muchos no vuelvan a la escuela temporal o permanentemente acentuando así uno de los grandes problemas del Sistema Educativo Nacional: el abandono escolar.

En México, la escolaridad media de sus habitantes ronda los 9 años, es decir, que el mexicano promedio cursó hasta la educación secundaria y no más. Ante la imposibilidad de acudir a la escuela, profesores, padres y estudiantes se ven frustrados, desde el grado primerizo hasta el último obligatorio, porque en casa no encuentran respuestas a las dudas emergentes durante el trabajo: el docente no está ahí, el internet a veces es inaccesible, y los padres de familia se ven rebasados por conocimientos que no dominan o de los cuales ni siquiera habían escuchado.

La corta visión echará culpa de no haber capacitado a los docentes en el año que lleva el actual régimen, para dar atención digital a nuestros niños. “Qué vergüenza que en México no podemos tener clases como en otros países, todo es culpa de los maestros ignorantes de las nuevas tecnologías y del gobierno que no los capacita”. Lo que omiten es que los padres y madres, primeros educadores, no fueron pupilos durante esta administración y que su poca preparación en temas elementales como comprensión lectora y resolución de problemas matemáticos no puede atribuirse a las nacientes políticas en materia educativa.

No es correcto negar las flaquezas de la autoridad educativa actual, pero tampoco olvidar que la educación se construye con bastante tiempo de trabajo, no de la noche a la mañana. Los resultados de la última prueba PISA no sólo no muestran un avance mínimo en el dominio de los niños y jóvenes mexicanos en competencias lectoras y matemáticas básicas, sino un retroceso. Pero las niñas, niños y jóvenes que fueron evaluados en 2018 cursaron han transitado por la escuela uno, dos, tres, hasta doce años atrás, lo que significa que las políticas implementadas desde entonces no sólo no han resuelto nada, sino que posiblemente lo han empeorado.

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