domingo, 24 de mayo de 2020

El SARS-COV2 como arqueólogo de las instituciones mexicanas IV. Vivienda


Vivienda
A pesar de todo, hubo quienes han podido mantener el confinamiento establecido. Sin embargo, la salud financiera de quienes habitan las unidades domiciliarias no necesariamente se encuentra en buen estado. Tras el llamado a quedarse en casa, algunos mexicanos con posibilidad de guarecerse en sus hogares, pese a las condiciones de informalidad laboral, lo han hecho. Sin embargo, padecen otra de las realidades que sólo una partícula invisible al ojo humano puede hacer visible: el rezago en el ejercicio al derecho a la vivienda digna en que se encuentra inmersa, una vez más, más de la mitad de los mexicanos.
Según la Encuesta Intercensal llevada a cabo por el INEGI durante 2015 se contabilizaron 119 millones de mexicanos. De estos, de acuerdo con el “Diagnóstico del derecho a la vivienda digna y decorosa 2018” realizado por el Consejo Nacional de Evaluación de la Política de la Política de Desarrollo Social del Coneval, 73.6 millones no tienen acceso al mercado formal de vivienda. Es decir, habitan mediante el arrendamiento o el préstamo de casas o departamentos. Esto se debe a que sólo tienen acceso a la compra de bienes inmuebles aquellos que ganan más de 400 pesos diarios, es decir, al menos cinco salarios mínimos.
El Derecho a la Ciudad como camino al Derecho a la ViviendaLos datos anteriores revelan que para la mayoría de quienes viven en con cuatro o menos salarios mínimos ejercer el derecho a la vivienda, especialmente en entornos urbanos, depende del ingreso diario obtenido mediante el trabajo principalmente informal, pues quienes viven en estas condiciones deben salir diariamente a trabajar para garantizar su permanencia en los lugares donde habitan.
La emergencia ante el covid19 refleja uno de los mayores rezagos en materia de derechos de la ciudadanía: el derecho a la vivienda. Según el diagnóstico previamente citado, México tiene un rezago de más de 14 millones de viviendas, del cual son víctima quienes menores ingresos tienen. Muchos de ellos, quienes pertenecen a grupos vulnerables ante la pandemia que vive actualmente el mundo: personas con discapacidad, personas de la tercera edad y con enfermedades crónico-degenerativas sin acceso al sistema de salud. Esta población más vulnerable no puede darse el lujo de resguardarse en una vivienda que no es propia, porque mes con mes deben pagar una renta que consume hasta el 60% de sus ingresos.
A pesar de ello, se insiste con frecuencia en la irresponsabilidad de quienes salen aún a las calles a trabajar. Se evidencia así no sólo la insensibilidad o falta de empatía ante las condiciones de quienes nos rodean, sino la falta de análisis y reflexión en materia de competencia para todos. Valdría la pena plantearse la siguiente pregunta: ¿garantizar el derecho a la vivienda digna modificaría el comportamiento de la población ante la necesaria cuarentena para combatir la pandemia actual? Si más de la mitad de mexicanos no tuviera que ganar diariamente al menos el equivalente al costo mensual de su vivienda, ¿habría excusa para negarse a resguardarse junto con su familia en su casa?
Resulta que, para muchos comentócratas, a pesar de estos datos, la medida de incrementar el número de créditos públicos para vivienda es pura demagogia y populismo. Si bien, dichos créditos no construirán las casas necesarias en las próximas semanas de cuarentena, lo cierto es que nunca debió existir tal rezago y que es momento de cimentar la seguridad en materia de vivienda ahora para que en un futuro tal descuido no juegue en contra de la vida de más de 70 millones de compatriotas.
¿Será que el rezago de vivienda nació hace un año con cinco meses, aquel 1 de diciembre de 2018?

sábado, 23 de mayo de 2020

El SARS-COV2 como arqueólogo de las instituciones mexicanas III. Derechos Laborales


Derechos laborales
Sobre el ámbito del trabajo seré breve: al inicio de este año, la Encuesta Nacional de Ocupación y Empleo mostró que, hasta el cuarto trimestre del 2019, el 56.2% (más de 31 millones) de mexicanos activos laboralmente trabajaba en la informalidad, la mayoría en las regiones de mayor marginación en el país. De esta condición laboral no sólo debe considerarse el inestable ingreso familiar, sino el escaso o nulo acceso a otros derechos asociados como son los permisos de incapacidad por enfermedad, los servicios de salud, etc.
Precisamente a estas población desprotegida va dirigida la universalización de los servicios de salud que tanto se ha criticado por su incipiente gestión que sustituye al famoso Seguro Popular que no garantizaba realmente el acceso universal a la salud por requerir no sólo de un proceso de admisión, sino de un sinnúmero de trabas administrativas vinculadas a procesos privatizadores del servicio a la salud, pues el pago de muchos servicios iban del erario público a empresas a las cuales se subrogaba la atención.
El virus ha mostrado la precariedad de condiciones en las que trabajan los mexicanos en su mayoría. Con la entrada en vigor de la Jornada de Sana Distancia la prescripción de guardarse en sus respectivos hogares evidenció una realidad dolorosa: que más de la mitad de la población no podría hacerlo porque entonces dejarían de ingresar a sus bolsillos lo necesario para subsistir.
“Es terrible que esta nueva administración no haga nada al respecto para garantizar que se siga pagando a los empleados de las empresas privadas”, se escuchó en pantallas, radios y se leyó en los diarios. Pero se les olvidó que una de las poblaciones más vulnerables, como son las empleadas domésticas, apenas hace un año recibieron legalmente el derecho a ser consideradas trabajadoras, a lo que muchos “patrones”, y muchas “patronas” también, se opusieron porque las “muchachas” no trabajan para ellas, sino que les “ayudan” en sus casas, demeritando dicha labor.
También olvidaron que los jóvenes denominados “ninis” porque ante la imposibilidad de entrar a una escuela de educación media superior y superior no estudiaban y no trabajaban porque les pedían escolaridad mínima de bachillerato, se encuentran recibiendo actualmente un salario, mínimo si se gusta, pero salario al fin, como becarios en empresas de diversa índole para aprender a desempeñar una labor y certificarse con ciertas competencias que le permitan emanciparse del apoyo que están recibiendo. Dicho sea de paso, salario que reciben no de las empresas que se benefician con su fuerza de trabajo y mano de obra joven, sino del gobierno que atiende a una población estigmatizada por no acertar a pruebas estandarizadas de acceso a la educación.
Además, olvidaron que aquellos grupos con mayor dificultad para encontrar un empleo, como los adultos mayores y personas con discapacidad, están recibiendo un apoyo. También mínimo, si se gusta recalcar, pero que anteriormente era de carácter clientelar y en los últimos meses fue declarado un derecho constitucional, garantizado. Estos grupos que pocos o ningún empleador quiere contratar por su edad o su condición, si bien requieren legislaciones que garanticen su participación activa en la sociedad, se encuentran en vías de ejercer mejores derechos que antes.
Olvidan, para terminar, que la seguridad laboral se fue precarizando con las reformas entrantes con el siglo XXI y hasta antes del 2018, incluso en sectores que antes se consideraban bien remunerados tanto en el beneficio económico como en el social y de los cuales hoy queda poco. Tal es el caso de la labor docente que, con la reforma de 2013, imposibilitó la estabilidad de quienes ya se encontraban en el servicio y de quienes se iban incorporando.
Si muchos mexicanos están incapacitados para tomar las medidas de seguridad necesarias ante la contingencia, como el resguardo domiciliario es, entre otras cosas, por la precarización laboral que no nació el 1 de diciembre de 2018. Por el contrario: es resultado de una historia añeja en la cual se desprotege al trabajador a cambio de favorecer al amigo empleador del gobierno, siempre y cuando puedan mamar felizmente uno del otro.

viernes, 22 de mayo de 2020

El SARS-COV2 como arqueólogo de las instituciones mexicanas II. Salud


El SARS-COV2 como arqueólogo de las instituciones mexicanas II

Salud
La más obvia de las esferas públicas en las que se refleja la vulnerabilidad institucional mexicana es la salud. Desde el momento que comenzó la epidemia, no fueron escasas las publicaciones que tundían al actual gobierno por la carencia de infraestructura, material médico de protección, tecnológicos e insumos varios ¡Pésima administración este nuevo régimen! No tardaron en vociferar varios comentaristas. Pero la cuestión nunca se enfrentó.
A finales de 2019, antes de que se conociera formalmente el inicio de la pandemia a nivel internacional y casi tres meses antes de que se detectara el primer caso en México, la Secretaría de Salud reportó una penosa herencia de más de 400 hospitales abandonados alrededor del país, desde aquellos que se encontraban en obra negra hasta los que arquitectónicamente estaban completos, pero no tenían más función que la de permanecer en el olvido.
Por corrupción, hay 300 hospitales abandonados en México: AMLO
Más de 300 hospitales se encontraban abandonados o inconclusos
“Pero ¿qué importan los hospitales abandonados? Lo importante es la función de los que están activos”, dijeron los especialistas en comentar tanto en radio como en televisión y en los diarios. Para subsanar los rezagos, un par de semanas antes del primer caso detectado en México, el presidente oficializó la propuesta de “rifar” el avión presidencial para adquirir equipo hospitalario con tal ganancia. Aquel famoso avión que no tenía ni Obama, que no quiso ni Troudeau por ser demasiado lujoso. Aquel famoso avión adquirido como un regalo del gobierno de Felipe Calderón Hinojosa al de Enrique Peña Nieto sería “rifado” para equipar hospitales. “¡Una locura!” exclamaron. Es de suponer que tacharon de locura este intento porque consideraban, como Carlos Marín dijo un día de 2018, que nuestro sistema de salud pública era envidiable.
Con la llegada formal del virus y su consecuente enfermedad, la preocupación por los médicos, enfermeros, camilleros y demás personal de salud tuvo una visibilidad que nunca había tenido tanto énfasis en los medios informativos. La ausencia de caretas, mascarillas, goggles, batas y hasta de jabón, comenzaron a llenar titulares. ¿Será que de la noche a la mañana estos insumos desaparecieron?
Si bien una pandemia suele caracterizarse por su emergencia imprevisible, ¿cómo es que no estaba México preparado para ella siendo su sistema de salud pública envidiable? No es que se terminaran las caretas y ya no quisiera comprar el nuevo gobierno, es que nunca las hubo o, como sucedió con ciertas pruebas rápidas que se compraron en Jalisco a una empresa extranjera: el dinero simplemente desapareció.
“¡Pero qué irresponsabilidad no tomar medidas como se hizo con la influenza H1N1 hace unos años!” ¿Qué? ¿Los contratos con empresas fantasma?, ¿La compra de insumos no necesarios a empresas de amigos? Las palabras del propio subsecretario López-Gatell han sido claras: en aquel entonces se desoyeron las recomendaciones de los verdaderos especialistas y se establecieron pactos comerciales de los cuales, como han mostrado algunas auditorias, muchos corresponden a distribuidores y fabricantes inexistentes, otros existen, pero no tuvieron ganancias millonarias por la necesidad de sus productos, sino por la necesidad de mantener vínculos entre el empresariado y el gobierno.

El SARS-COV2 como arqueólogo de las instituciones mexicanas I. Introducción


El SARS-COV2 como arqueólogo de las instituciones mexicanas

Introducción

Menos de cuatro meses han bastado para que muchos tomásemos conciencia de nuestros propios miedos, debilidades, conflictos y prejuicios. A partir de la última semana de febrero, la modificación de nuestra vida cotidiana ha venido desencadenando una serie de retos propios y colectivos para contener y resistir en la que se presume una pandemia que quedará registrada en la memoria de quienes la vivimos y en los textos que serán revisados muchos años adelante en el futuro.

El pico máximo de contagios de Covid-19 en México en un día: 2,148 ...Pero una de las más importantes consecuencias de esta pandemia ha sido la oportunidad de aclarar la vista sobre nuestro reciente pasado como comunidad nacional. Y es que no existe esfera de la vida pública que no muestre las consecuencias de una larga tradición de desfalcos y corrupción o, al menos, de las mentiras que nos han contado sobre los grandiosos logros que supuestamente habíamos alcanzado para disminuir la desigualdad en México. Salud, educación, justicia correctiva, derechos laborales, son sólo algunos de los ámbitos que reflejan su precaria situación, de la cual es infantil suponer que se configuró en uno o dos años.
Un virus, partícula microscópica de Ácido Desoxirribonucleico (ADN) sin vida con capacidad de replicarse sólo gracias a los organismos vivos, ha hecho la mitad de la tarea que muy pocos han querido hacer y que, cuando lo hacen son apaleados por los medios de comunicación tradicionales. Este virus se ha dedicado, como hace un arqueólogo, a desmontar capa por capa una estructura en ruinas, quitando el polvo y piedras para dejar a la vista aquello que el tiempo, el olvido o la intención habían querido ocultar. Es tarea de los mexicanos reflexivos realizar la otra mitad: ver lo evidente, más allá del sentido común, aunque sin olvidar su valor como medio primero que tenemos ante los acontecimientos para comprenderlos.
Este trabajo se compone de una serie de textos vinculados a los ámbitos institucionales mencionados: salud, educación, trabajo, etc., que iré compartiendo con el tiempo.

jueves, 21 de mayo de 2020

Palabra y silencio entre sexenios


La palabra refleja el pensamiento. Bajo el discurso se esconden relaciones íntimas de posiciones e intereses que trascienden al emisor. Aunque pocas personas prestan atención, lo que se dice y la manera en que se dice posee una relevancia incuantificable porque promueve y justifica los actos privados y públicos de un agente ante un mundo que no expresa su sentido inmanente, sino que lo recibe en cada acto humano que le significa.
Así, cada discurso, cada frase y cada palabra están llenas de significado y entretejidas con una forma de vida particular siempre en proceso de concreción: como realidad construida y como proyecto en construcción. Todo acto es recurso mediante el cual el sujeto se interpreta a sí mismo: es capaz de narrarse sólo en una vida actuada que se le puede imputar. Y la narración misma, el cómo se narra, es acto.
El peligro de omitir lo anterior reside en la permisividad, en auge, de escindir a la persona humana de sus palabras, de sus actos y su responsabilidad moral. La aceptación de validez de cualquier discurso conlleva al equívoco de aceptar cualquier acto como moralmente correcto y cualquier forma de vida como lícito: tomar como norma el hecho particular absolutamente variable y disculpar a su agente. Así, el corrupto lanza discursos sobre legalidad para luego desatenderse en gozosos exilios. Así, el asesino habla sobre el respeto a la vida mientras contiende por hacerse nuevamente con el poder.
De modo que, ante estos peligros, no es vulgar ni superfluo hacer un llamado de atención hacia esos pequeños actos del lenguaje que condensan todo un proyecto de vida personal, nacional y de humanidad.
No es extraño en la cotidianidad la crítica que se hace sobre los líderes que emplean formas de comunicación poco ortodoxa, que ensalzan ciertos valores o instituciones reclamado sobre todo la autoridad de la vida y la justicia por encima de las leyes que se encuentran separadas de las situaciones contingentes de la experiencia humana. Pero es menos frecuente encontrar diatriba sensata contra aquellos que con un lenguaje vulgar o refinado dejan entrever un proyecto que desprecia lo más sublime a lo que puede aspirar nuestra especie que, lejos de estar determinada, edifica una forma de vida común según su dignidad. El silencio de quienes comentan (y dejan de comentar en ocasiones) también es discurso.
Hace cuatro años la frase “Ya me cansé” cerraba la conferencia de prensa de un servidor público que era interrogado por el caso de los 43 estudiantes normalistas desaparecidos. Tres días después dijo en una entrevista que lo volvería a decir porque era tan humano como cualquier otro y porque “cuando dije estoy cansado, estoy cansado de eso de una violencia brutal, lo vivido lo tengo todos los días desde entonces, sí me cimbra”. Dando a entender un malentendido por parte de todos los que interpretamos dicho mensaje. Luego reafirmó: “las preguntas eran repetitivas y mis respuestas empezaban a ser en ese mismo sentido, sí estaba muy, muy cansado y lo diré cuantas veces lo esté”.
Aquel “ya me cansé” condensa un proyecto social, económico, político y, sobre todo, moral. Para muestra: el desinterés por el bienestar social, el desinterés por el descubrimiento de la verdad ante violaciones a derechos humanos, el desinterés por la justicia, el desinterés por la vida. Un “ya me cansé”, que antepone las necesidades propias al absoluto bien del ser humano: la vida justa con acceso a la verdad. Un “ya me cansé” que resume un proyecto donde no caben los desaparecidos, ni los pobres, ni el bien común, ni la justicia.
El autor de la frase tuvo varios espacios para justificar su respuesta: hablaba de su propia humanidad, pero despreciaba la humanidad de los torturados y los desaparecidos. No es necesario recordar que no hubo sanción por su acto.
Pero hoy, la sátira periodística y de distintas personas es el discurso que invita a la inclusión, a la supresión del sufrimiento, al respeto de la vida desde el nacimiento, al ejercicio de la libertad, a la rendición de cuentas continua. Y repito: quien habla no es necesariamente autor de sus palabras, porque habla el proyecto subyacente.
Deberíamos cuestionarnos, entonces, cómo contribuimos al flujo de estas palabras prestando atención a nuestra autoimpuesta sordera. Es obligación responsabilizarnos por nuestras omisiones ante tales discursos en tanto les permitimos hacerse cargo de cuestiones que competen e importan sobremanera a la totalidad humana. Sólo de esta manera impediremos el retorno de aquel relativismo moral que permite declarar guerras y sostenerlas mientras se pregona la protección de la ciudadanía, y la destrucción de instituciones públicas al tiempo que se presume su fortaleza.
Escuchemos y propaguemos, o censuremos, aquellos discursos, siendo siempre conscientes de nuestra inscripción en algo que nos supera: el proyecto de la humanidad.