La palabra refleja el
pensamiento. Bajo el discurso se esconden relaciones íntimas de posiciones e
intereses que trascienden al emisor. Aunque pocas personas prestan atención, lo
que se dice y la manera en que se dice posee una relevancia incuantificable
porque promueve y justifica los actos privados y públicos de un agente ante un
mundo que no expresa su sentido inmanente, sino que lo recibe en cada acto
humano que le significa.
Así, cada discurso, cada
frase y cada palabra están llenas de significado y entretejidas con una forma
de vida particular siempre en proceso de concreción: como realidad construida y
como proyecto en construcción. Todo acto es recurso mediante el cual el sujeto
se interpreta a sí mismo: es capaz de narrarse sólo en una vida actuada que se
le puede imputar. Y la narración misma, el cómo se narra, es acto.
El peligro de omitir lo
anterior reside en la permisividad, en auge, de escindir a la persona humana de
sus palabras, de sus actos y su responsabilidad moral. La aceptación de validez
de cualquier discurso conlleva al equívoco de aceptar cualquier acto como
moralmente correcto y cualquier forma de vida como lícito: tomar como norma el
hecho particular absolutamente variable y disculpar a su agente. Así, el
corrupto lanza discursos sobre legalidad para luego desatenderse en gozosos
exilios. Así, el asesino habla sobre el respeto a la vida mientras contiende
por hacerse nuevamente con el poder.
De modo que, ante estos
peligros, no es vulgar ni superfluo hacer un llamado de atención hacia esos
pequeños actos del lenguaje que condensan todo un proyecto de vida personal,
nacional y de humanidad.
No es extraño en la
cotidianidad la crítica que se hace sobre los líderes que emplean formas de
comunicación poco ortodoxa, que ensalzan ciertos valores o instituciones
reclamado sobre todo la autoridad de la vida y la justicia por encima de las
leyes que se encuentran separadas de las situaciones contingentes de la
experiencia humana. Pero es menos frecuente encontrar diatriba sensata contra
aquellos que con un lenguaje vulgar o refinado dejan entrever un proyecto que
desprecia lo más sublime a lo que puede aspirar nuestra especie que, lejos de
estar determinada, edifica una forma de vida común según su dignidad. El
silencio de quienes comentan (y dejan de comentar en ocasiones) también es
discurso.
Hace cuatro años la frase
“Ya me cansé” cerraba la conferencia de prensa de un servidor público que era
interrogado por el caso de los 43 estudiantes normalistas desaparecidos. Tres
días después dijo en una entrevista que lo volvería a decir porque era tan
humano como cualquier otro y porque “cuando dije estoy cansado, estoy cansado
de eso de una violencia brutal, lo vivido lo tengo todos los días desde
entonces, sí me cimbra”. Dando a entender un malentendido por parte de todos
los que interpretamos dicho mensaje. Luego reafirmó: “las preguntas eran
repetitivas y mis respuestas empezaban a ser en ese mismo sentido, sí estaba
muy, muy cansado y lo diré cuantas veces lo esté”.
Aquel “ya me cansé”
condensa un proyecto social, económico, político y, sobre todo, moral. Para
muestra: el desinterés por el bienestar social, el desinterés por el
descubrimiento de la verdad ante violaciones a derechos humanos, el desinterés
por la justicia, el desinterés por la vida. Un “ya me cansé”, que antepone las
necesidades propias al absoluto bien del ser humano: la vida justa con acceso a
la verdad. Un “ya me cansé” que resume un proyecto donde no caben los
desaparecidos, ni los pobres, ni el bien común, ni la justicia.
El autor de la frase tuvo
varios espacios para justificar su respuesta: hablaba de su propia humanidad,
pero despreciaba la humanidad de los torturados y los desaparecidos. No es
necesario recordar que no hubo sanción por su acto.
Pero hoy, la sátira
periodística y de distintas personas es el discurso que invita a la inclusión,
a la supresión del sufrimiento, al respeto de la vida desde el nacimiento, al
ejercicio de la libertad, a la rendición de cuentas continua. Y repito: quien
habla no es necesariamente autor de sus palabras, porque habla el proyecto
subyacente.
Deberíamos cuestionarnos,
entonces, cómo contribuimos al flujo de estas palabras prestando atención a
nuestra autoimpuesta sordera. Es obligación responsabilizarnos por nuestras
omisiones ante tales discursos en tanto les permitimos hacerse cargo de
cuestiones que competen e importan sobremanera a la totalidad humana. Sólo de
esta manera impediremos el retorno de aquel relativismo moral que permite
declarar guerras y sostenerlas mientras se pregona la protección de la
ciudadanía, y la destrucción de instituciones públicas al tiempo que se presume
su fortaleza.
Escuchemos y propaguemos,
o censuremos, aquellos discursos, siendo siempre conscientes de nuestra
inscripción en algo que nos supera: el proyecto de la humanidad.
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