jueves, 21 de mayo de 2020

Palabra y silencio entre sexenios


La palabra refleja el pensamiento. Bajo el discurso se esconden relaciones íntimas de posiciones e intereses que trascienden al emisor. Aunque pocas personas prestan atención, lo que se dice y la manera en que se dice posee una relevancia incuantificable porque promueve y justifica los actos privados y públicos de un agente ante un mundo que no expresa su sentido inmanente, sino que lo recibe en cada acto humano que le significa.
Así, cada discurso, cada frase y cada palabra están llenas de significado y entretejidas con una forma de vida particular siempre en proceso de concreción: como realidad construida y como proyecto en construcción. Todo acto es recurso mediante el cual el sujeto se interpreta a sí mismo: es capaz de narrarse sólo en una vida actuada que se le puede imputar. Y la narración misma, el cómo se narra, es acto.
El peligro de omitir lo anterior reside en la permisividad, en auge, de escindir a la persona humana de sus palabras, de sus actos y su responsabilidad moral. La aceptación de validez de cualquier discurso conlleva al equívoco de aceptar cualquier acto como moralmente correcto y cualquier forma de vida como lícito: tomar como norma el hecho particular absolutamente variable y disculpar a su agente. Así, el corrupto lanza discursos sobre legalidad para luego desatenderse en gozosos exilios. Así, el asesino habla sobre el respeto a la vida mientras contiende por hacerse nuevamente con el poder.
De modo que, ante estos peligros, no es vulgar ni superfluo hacer un llamado de atención hacia esos pequeños actos del lenguaje que condensan todo un proyecto de vida personal, nacional y de humanidad.
No es extraño en la cotidianidad la crítica que se hace sobre los líderes que emplean formas de comunicación poco ortodoxa, que ensalzan ciertos valores o instituciones reclamado sobre todo la autoridad de la vida y la justicia por encima de las leyes que se encuentran separadas de las situaciones contingentes de la experiencia humana. Pero es menos frecuente encontrar diatriba sensata contra aquellos que con un lenguaje vulgar o refinado dejan entrever un proyecto que desprecia lo más sublime a lo que puede aspirar nuestra especie que, lejos de estar determinada, edifica una forma de vida común según su dignidad. El silencio de quienes comentan (y dejan de comentar en ocasiones) también es discurso.
Hace cuatro años la frase “Ya me cansé” cerraba la conferencia de prensa de un servidor público que era interrogado por el caso de los 43 estudiantes normalistas desaparecidos. Tres días después dijo en una entrevista que lo volvería a decir porque era tan humano como cualquier otro y porque “cuando dije estoy cansado, estoy cansado de eso de una violencia brutal, lo vivido lo tengo todos los días desde entonces, sí me cimbra”. Dando a entender un malentendido por parte de todos los que interpretamos dicho mensaje. Luego reafirmó: “las preguntas eran repetitivas y mis respuestas empezaban a ser en ese mismo sentido, sí estaba muy, muy cansado y lo diré cuantas veces lo esté”.
Aquel “ya me cansé” condensa un proyecto social, económico, político y, sobre todo, moral. Para muestra: el desinterés por el bienestar social, el desinterés por el descubrimiento de la verdad ante violaciones a derechos humanos, el desinterés por la justicia, el desinterés por la vida. Un “ya me cansé”, que antepone las necesidades propias al absoluto bien del ser humano: la vida justa con acceso a la verdad. Un “ya me cansé” que resume un proyecto donde no caben los desaparecidos, ni los pobres, ni el bien común, ni la justicia.
El autor de la frase tuvo varios espacios para justificar su respuesta: hablaba de su propia humanidad, pero despreciaba la humanidad de los torturados y los desaparecidos. No es necesario recordar que no hubo sanción por su acto.
Pero hoy, la sátira periodística y de distintas personas es el discurso que invita a la inclusión, a la supresión del sufrimiento, al respeto de la vida desde el nacimiento, al ejercicio de la libertad, a la rendición de cuentas continua. Y repito: quien habla no es necesariamente autor de sus palabras, porque habla el proyecto subyacente.
Deberíamos cuestionarnos, entonces, cómo contribuimos al flujo de estas palabras prestando atención a nuestra autoimpuesta sordera. Es obligación responsabilizarnos por nuestras omisiones ante tales discursos en tanto les permitimos hacerse cargo de cuestiones que competen e importan sobremanera a la totalidad humana. Sólo de esta manera impediremos el retorno de aquel relativismo moral que permite declarar guerras y sostenerlas mientras se pregona la protección de la ciudadanía, y la destrucción de instituciones públicas al tiempo que se presume su fortaleza.
Escuchemos y propaguemos, o censuremos, aquellos discursos, siendo siempre conscientes de nuestra inscripción en algo que nos supera: el proyecto de la humanidad.

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