sábado, 20 de junio de 2020

Chumel: entre el chiste y la injusticia hermenéutica. No todo está permitido


El ser humano y su mundo interpretado
El ser humano es animal que se interpreta a sí mismo mediante el lenguaje. Las palabras, el uso de las palabras, configuran el mundo en el que vive. La articulación que estas van obteniendo son el artificio que permite dar sentido a la experiencia de la existencia humana. Nombras las cosas hace de ellas objetos de comprensión. Por poner un burdo, pero rápido, ejemplo, recordemos la atadura de nuestra especie al suelo sin saber plenamente el porqué de tal encadenamiento a la Tierra. No fue sino hasta el siglo XVI que pudimos dar cuenta de una invisible fuerza de atracción al centro de nuestro planeta debido a su masa. Hasta entonces logramos significar nuestra experiencia de permanecer pegados a nuestra casa. Aunque no fue la única ni la primera hipótesis para explicar esto lo verdaderamente innovador fue la posibilidad de conceptualizar y definir esta fuerza con mayor o menor exactitud: gravedad. Así, el concepto de gravedad dio al ser humano un elemento para comprenderse a sí mismo como objeto de las fuerzas de la naturaleza, que podría develar, explicar y, dado el momento, controlar.
Experiencias interpretadas
Respecto a los fenómenos naturales, hay una gran cantidad de ejemplos como el anterior: el de evolución es quizá uno de los más revolucionarios. A partir de él logramos comprendernos como miembros de una amplia familia en continuo devenir: nos hicimos parte de un antes y nos formulamos cómo podríamos ser después. Pero sucede algo similar con los fenómenos humanos: para comprenderlos es necesario nombrarlos; y si con los fenómenos naturales es más o menos sencillo llegar a un consenso porque generan poca controversia entre quienes logran captar la esencia de lo que se describe, no sucede así con los actos individuales o colectivos. El caso del acoso sexual es ilustrador al respecto.
Hoy en día, aún con todo el debate al respecto, nadie dudaría en la existencia de lo que se denomina “acoso sexual”. Hace unos años, este término ni siquiera existía. Si bien es cierto que se discuten sobre todo los límites de lo que puede ser llamado de esta manera, la existencia de este no se cuestiona. La importancia de este término consiste en que permite a un determinado grupo comprender su experiencia social. Clarifico: una mujer u hombre que va por la calle caminando y recibe palabras lascivas respecto a su aspecto físico o condición sexual de una persona que, quizá, ni siquiera conozca, puede reconocer que ha sido objeto de un acto violento denominado. “Fui víctima de acoso” podrá decir. Ante esto, el sujeto tiene la capacidad de enfrentarse a su agresor: “tú me acosaste”. Y buscar una solución a esta injusticia: “no permitiré que me acoses”. Esto le da un sentido a la experiencia, y le permite a la persona actuar ante ella, potenciando su libertad y las capacidades de acción que tiene al frente. En cambio, cuando no hay recursos que permitan esta interpretación, la persona queda indefensa porque lucha contra un ente indecible (a esto se le llama injusticia hermenéutica). No es un “halago” lo que me hace sentir mal. Si fuera tal, no tendría una sensación de culpa, desagrado, etc. Se llama acoso, ante el cual empleo mis capacidades para poner un límite.
Artefactos del lenguaje: el chiste
Pero, con todo, aún hoy nos reusamos a llamar ciertas experiencias por su nombre, como el de la discriminación mediante “chistes”. Lo que muchas personas defienden como “humor” o “chiste” no es sino un artefacto que impide el uso de recursos hermenéuticos colectivos para encontrar sentido a experiencias cotidianas de injusticia basadas en prejuicios identitarios. No hay chiste inocente cuando su función es la estigmatización. Empleemos un ejemplo: "Six flags prohíbe la entrada a personas con tatuajes o vestimenta ofensiva. Lo sentimos mucho, gente pobre" Estas palabras fueron dichas por un personaje público que comenzó como Youtuber y creció tras relacionarse con personas como Felipe Calderón.
Vamos por partes con el chiste en cuestión. Hace referencia a una noticia verdadera. Por un lado, tenemos a una empresa que propone una medida de “seguridad” en sus parques de diversión, por el otro, al “objeto” de esta medida: personas con tatuajes y vestimenta ofensiva. Ya aquí lo que podemos observar es una asociación entre la apariencia física y la delincuencia. Pero el enunciante de este “chiste” agrega: “lo sentimos, gente pobre”. Devela, pues una triple asociación: gente pobre-aspecto físico determindo-delincuencia. Recae sobre la población discriminada un doble estigma: el de la delincuencia y el del mal aspecto. No está de más aclarar que el “humorista” no se pronunció contra aquella medida, no hizo comentario crítico sobre lo acontecido, no se pronunció a favor de la no discriminación.
Hace poco, cuando este personaje cayó bajo el escrutinio público y la denuncia gracias a una invitación para participar en un foro contra la desigualdad y el clasismo, varios de sus seguidores, así como personas del ámbito político y del espectáculo, salieron en su defensa bajo el argumento de que sólo se trata de chistes y, bajo la bandera de la libertad de expresión, abogaron que no debía silenciarse su voz en estos temas. ¡Vaya argumento! Lo que sucede es que no existe reparo por reflexionar las implicaciones de la palabra. No se trata de defender un chiste o no, sino del artificio que es el chiste al cual subyace un entramado de significados colectivos en el que el pobre es un potencial delincuente. Y no es para menos la denuncia hacia Chumel Torres: los datos que revelan institutos como el INEGI muestran a un país que pone brechas salariales no sólo por el género, sino por el color de piel.
No es válido escudarse en frases como “es un chiste” o “hay libertad de expresión”, cuando lo que se encuentra de por medio es la dignidad de las personas, sobre todo de aquellas que históricamente han sido vulneradas por raza, género o condición sexual.  Esos “chistes” son artificios que impiden a las personas víctima denunciar una estructura discriminatoria. El pobre no denuncia discriminación si asume que él tiene la culpa por su aspecto físico “de delincuente”, el moreno no denuncia discriminación si asume que él tiene la culpa por no ser “mestizo más blanquito”, el homosexual no denuncia discriminación si asume que él tiene la culpa por no ser “más hombre”. Así, los chistes de este tipo perpetúan la discriminación quitándole a la víctima su capacidad de interpretarse como objeto de actos injustos. Se vuelven impotentes y omiten la denuncia y la acción.  
Los “chistes” de esta índole no pueden ser vistos como un simple un juego de palabras o humor negro en el país en el que suceden noticias como la siguiente: Sacan arrastrando a familia indígena de Liverpool 



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