El ser humano y su mundo interpretado
El ser humano es animal que se
interpreta a sí mismo mediante el lenguaje. Las palabras, el uso de las
palabras, configuran el mundo en el que vive. La articulación que estas van obteniendo
son el artificio que permite dar sentido a la experiencia de la existencia
humana. Nombras las cosas hace de ellas objetos de comprensión. Por poner un
burdo, pero rápido, ejemplo, recordemos la atadura de nuestra especie al suelo
sin saber plenamente el porqué de tal encadenamiento a la Tierra. No fue sino
hasta el siglo XVI que pudimos dar cuenta de una invisible fuerza de atracción
al centro de nuestro planeta debido a su masa. Hasta entonces logramos
significar nuestra experiencia de permanecer pegados a nuestra casa. Aunque no
fue la única ni la primera hipótesis para explicar esto lo verdaderamente
innovador fue la posibilidad de conceptualizar y definir esta fuerza con mayor
o menor exactitud: gravedad. Así, el concepto de gravedad dio al ser humano un
elemento para comprenderse a sí mismo como objeto de las fuerzas de la
naturaleza, que podría develar, explicar y, dado el momento, controlar.
Experiencias interpretadas
Experiencias interpretadas
Respecto a los fenómenos naturales,
hay una gran cantidad de ejemplos como el anterior: el de evolución es quizá
uno de los más revolucionarios. A partir de él logramos comprendernos como
miembros de una amplia familia en continuo devenir: nos hicimos parte de un
antes y nos formulamos cómo podríamos ser después. Pero sucede algo similar con
los fenómenos humanos: para comprenderlos es necesario nombrarlos; y si con los
fenómenos naturales es más o menos sencillo llegar a un consenso porque generan
poca controversia entre quienes logran captar la esencia de lo que se describe,
no sucede así con los actos individuales o colectivos. El caso del acoso sexual
es ilustrador al respecto.
Hoy en día, aún con todo el debate
al respecto, nadie dudaría en la existencia de lo que se denomina “acoso sexual”. Hace unos años, este término ni siquiera existía.
Si bien es cierto que se discuten sobre todo los límites de lo que puede ser
llamado de esta manera, la existencia de este no se cuestiona. La importancia
de este término consiste en que permite a un determinado grupo comprender su
experiencia social. Clarifico: una mujer u hombre que va por la calle caminando
y recibe palabras lascivas respecto a su aspecto físico o condición sexual de
una persona que, quizá, ni siquiera conozca, puede reconocer que ha sido objeto
de un acto violento denominado. “Fui víctima de acoso” podrá decir. Ante esto, el
sujeto tiene la capacidad de enfrentarse a su agresor: “tú me acosaste”. Y
buscar una solución a esta injusticia: “no permitiré que me acoses”. Esto le da
un sentido a la experiencia, y le permite a la persona actuar ante ella,
potenciando su libertad y las capacidades de acción que tiene al frente. En
cambio, cuando no hay recursos que permitan esta interpretación, la persona
queda indefensa porque lucha contra un ente indecible (a esto se le llama injusticia hermenéutica). No es un “halago” lo que
me hace sentir mal. Si fuera tal, no tendría una sensación de culpa, desagrado,
etc. Se llama acoso, ante el cual empleo mis capacidades para poner un límite.
Artefactos del lenguaje: el chiste
Artefactos del lenguaje: el chiste
Pero, con todo, aún hoy nos
reusamos a llamar ciertas experiencias por su nombre, como el de la
discriminación mediante “chistes”. Lo que muchas personas defienden como “humor”
o “chiste” no es sino un artefacto que impide el uso de recursos hermenéuticos
colectivos para encontrar sentido a experiencias cotidianas de injusticia
basadas en prejuicios identitarios. No hay chiste inocente cuando su función es
la estigmatización. Empleemos un ejemplo: "Six flags prohíbe la entrada a
personas con tatuajes o vestimenta ofensiva. Lo sentimos mucho, gente
pobre" Estas palabras fueron dichas por un personaje público que comenzó
como Youtuber y creció tras relacionarse con personas como Felipe Calderón.
Vamos por partes con el chiste en
cuestión. Hace referencia a una noticia verdadera. Por un lado, tenemos a una
empresa que propone una medida de “seguridad” en sus parques de diversión, por
el otro, al “objeto” de esta medida: personas con tatuajes y vestimenta
ofensiva. Ya aquí lo que podemos observar es una asociación entre la apariencia
física y la delincuencia. Pero el enunciante de este “chiste” agrega: “lo
sentimos, gente pobre”. Devela, pues una triple asociación: gente pobre-aspecto
físico determindo-delincuencia. Recae sobre la población discriminada un doble
estigma: el de la delincuencia y el del mal aspecto. No está de más aclarar que
el “humorista” no se pronunció contra aquella medida, no hizo comentario
crítico sobre lo acontecido, no se pronunció a favor de la no discriminación.
Hace poco, cuando este personaje cayó
bajo el escrutinio público y la denuncia gracias a una invitación para participar
en un foro contra la desigualdad y el clasismo, varios de sus seguidores, así
como personas del ámbito político y del espectáculo, salieron en su defensa
bajo el argumento de que sólo se trata de chistes y, bajo la bandera de la
libertad de expresión, abogaron que no debía silenciarse su voz en estos temas.
¡Vaya argumento! Lo que sucede es que no existe reparo por reflexionar las
implicaciones de la palabra. No se trata de defender un chiste o no, sino del
artificio que es el chiste al cual subyace un entramado de significados colectivos
en el que el pobre es un potencial delincuente. Y no es para menos la denuncia
hacia Chumel Torres: los datos que revelan institutos como el INEGI muestran a
un país que pone brechas salariales no sólo por el género, sino por el color de
piel.
No es válido escudarse en frases
como “es un chiste” o “hay libertad de expresión”, cuando lo que se encuentra
de por medio es la dignidad de las personas, sobre todo de aquellas que
históricamente han sido vulneradas por raza, género o condición sexual. Esos “chistes” son artificios que impiden a
las personas víctima denunciar una estructura discriminatoria. El pobre no denuncia
discriminación si asume que él tiene la culpa por su aspecto físico “de
delincuente”, el moreno no denuncia discriminación si asume que él tiene la
culpa por no ser “mestizo más blanquito”, el homosexual no denuncia
discriminación si asume que él tiene la culpa por no ser “más hombre”. Así, los
chistes de este tipo perpetúan la discriminación quitándole a la víctima su
capacidad de interpretarse como objeto de actos injustos. Se vuelven
impotentes y omiten la denuncia y la acción.
Los “chistes” de esta índole no
pueden ser vistos como un simple un juego de palabras o humor negro en el país
en el que suceden noticias como la siguiente: Sacan arrastrando a familia
indígena de Liverpool
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